
Somos un desastre, lo sabemos, pero un desastre hacia dentro. No tenemos nada que perder y estamos seguras de que tampoco ganaremos nada, así que qué más da. Ambas guardamos secretos que no revelaremos jamás a nadie, que a veces nos confesamos cerrando muy fuerte los ojos y nunca más volvemos a mencionar. Me ha aguantado cuando una simple ráfaga de aire bastaba para estamparme contra la pared, me dejó sus anillos para que no se me llevara la ventisca que yo misma creaba cuando me temblaba demasiado el pulso. Es mi amiga. He visto cómo se le corría ese oscuro eyeliner sin llegar a llorar, cómo bebía trágicamente una Desperados sentada en una marquesina. Cuando las cosas se le hunden camina sin mirar al suelo, y sonríe y dice que no con la cabeza. Tenemos un plan para no lidiar mucho con la sociedad, pero a veces acabamos empapadas de ella y luego nos duchamos y nos la sacamos de encima como si fuese hollín. Pero lo más importante, en medio de tantos cascotes, es que siempre cuidamos la una de la otra, siempre, sin negar ni dejar de vigilar el filo del precipicio.